Héroes del Ascenso

 

Prólogo:

 

EL CRONISTA DE LOS OLVIDADOS

 

Tengo muy pocas certezas en mi vida, pero hay una que me animo a sostener a rajatabla: en la Argentina, ser hincha de un equipo del Ascenso no es para cualquiera.

Puede sonar pedante. Sin embargo, intenta convertirse en un sentido homenaje a todos aquellos que soportan la omisión de sus queridos colores en la portada de los diarios de gran circulación, la ilusión de la tapa en el recordado “El Gráfico” que nunca pudo ser, la burla cruel de los hinchas de los “poderosos”, de los que juegan en Primera, ésos  que tienen revistas y hasta canales de televisión propios, que los (nos) miran en menos.

El Ascenso en la Argentina es pobre. Como la mayoría de sus hinchas, que cuentan monedas durante la semana o escamotean algún billete a la patrona para pagar, el sábado o el día que la AFA disponga, esa entrada al mundo de sus sentimientos. Poco importa si hay que viajar dos o tres horas, en colectivo o en tren; si el sol derrite los cuerpos o la lluvia los amenaza con una temible bronquitis. O si hay que poner a prueba la resistencia del único y desvencijado auto que posee alguno de los muchachos de la barra, y en el que van a treparse todos los demás.

Calles inhallables en la Filcar, canchas en lugares insólitos, estaciones de tren en medio de la nada, desde las cuales habrá que partir en búsqueda de esos campos de juego, con la mirada atenta, evitando alguna emboscada trapera o algún piedrazo traicionero.

Estoicamente, el hincha del Ascenso se banca eso y mucho más. Porque, siempre y antes que nada, está la camiseta, que puede ser de la B, la C o la D. Que no tendrá el logo de una multinacional en pecho y espalda, pero es su camiseta,  la que eligió; o la que heredó, porque el abuelo y el padre también sentían por esos colores ese arrebato en el corazón que algunos llaman pasión.

Muy pocos iluminan esos territorios tan claramente como Daniel Console, quien posee la formidable capacidad de rescatar del olvido hechos y protagonistas injustamente relegados de las mieles de la memoria.

A salvo de un pudor sin sentido, cualquiera de los hinchas del Ascenso se sale de la vaina para darse a conocer en cualquier lugar. Lejos de amilanarse, infla el pecho y demuestra el orgullo que le produce ser quien es. No es poca cosa, en un país en el que tantos impúdicos se cambian desvergonzadamente de camiseta cada cierta cantidad de meses.

El hincha del Ascenso sueña en chiquito, proyecta con modestia, sufre en silencio y goza a los gritos. Por aquello de que lo que cuesta vale. Pero su sueño pequeño es tan legítimo como el del “poderoso”, que –por ejemplo- mira de reojo la Intercontinental. Alguna vez habrá que diferenciar el precio del valor, y poner a cada uno de ellos en el lugar que merece.

Entre las innumerables perlas que contiene este libro –de lectura imprescindible no sólo para el “militante” del Ascenso, sino para todo aquél que ame el fútbol-, el primer acierto es el título. Porque los héroes están de uno y otro lado de la cancha. Adentro y afuera. Librando su particular batalla contra los Molinos de Viento de la Razón, desafiando sus propios límites de audacia y la tolerancia de sus coronarias, en esos clásicos malditos que se ponen chivos a cinco minutos del final, justo  cuando su  equipo va ganando.

Nada casualmente, la mayoría de los clubes están identificados con un barrio. Y en los barrios sabemos que se esconden duendes, fantasmas y leyendas que alimentan la pasión futbolera, y que marcan para siempre nuestra vida. El barrio es nuestro lugar en el mundo, ese territorio en el que, como dice la bellísima balada de Pablo Coll dedicada a Diego Maradona: “Hay fotos en el alma que no se borran jamás”.

Conocí personalmente a Daniel Console un inolvidable y gélido domingo 24 de julio de 2003, en cancha de Temperley, episodio incluido en este libro, que me emociona como un gol sobre la hora cada vez que lo leo. Ese día, mi club festejaba diez años de su vuelta al fútbol, confirmando que la pasión no quiebra, y que la única frontera posible para el sentimiento es el infinito.

Era una fiesta del fútbol y Daniel no podía faltar, porque debía consignarla para arrebatársela al olvido. Igual que aquella campaña de Villa Dálmine, con el legendario “Pepe” Basualdo a la cabeza de un equipo con jugadores que –como él- habían pasado por Europa y, sin embargo, no olvidaron sus raíces. Y si la gesta no terminó en ascenso fue por enigmáticos motivos. Pero, como Daniel también anduvo por ahí, ganó esa porción de historia para el libro de los recuerdos. Que es éste.

Donde hay lugar, entre otros, para el mítico Luis Sosa, al que no le quedó categoría por conocer, incluida la Primera A. O para “El viejo”, estremecedor relato que resume el concepto de heroísmo futbolístico que campea sobre estas páginas.

Quizá porque el olvido es el peor de los fantasmas, “Héroes del Ascenso” tiene un aire de celebración permanente, balanceado entre el rumor permanente de la tribuna y el cuidado medio tono del narrador, que escapa de la primera fila para no eclipsar lo que cuenta.

En un país que retacea la memoria, que la manipula con impudicia, el fútbol no escapa a esa tendencia. Por eso necesitamos un cronista honesto, imparcial, que ponga las cosas en su lugar: goleadores silenciados por el tiempo, entrenadores-maestros en retiro efectivo o forzoso, algún hincha excéntrico, el partido número 1.000 presenciado por el autor, elegido al azar, como símbolo de un libro en el que caben y conviven todas las camisetas. Por una vez, sin chicanas retóricas, ni violencia siempre absurda. 

No suelo escribir prólogos. Pero me sentí honrado por la entusiasta convocatoria que me formuló Daniel para esta obra entrañable, conmovedora, inseparable compañera para amenizar el viaje de cada fin de semana rumbo al estadio que nos toque en suerte, o para disfrutar serenamente en nuestro sillón preferido.

Y también, porque estoy convencido de que recordar momentos felices o seres queribles, es homenajear a la vida, mejorarla, engrandecerla.

A veces, la vida tiene forma de pelota de fútbol, y necesita la mirada sensible de un periodista como Console, que  deslumbra por su capacidad para desentrañar tan visceral y respetuosamente un universo como el del Ascenso y su gente, entre la que me incluyo. 

Reconforta no sentirse solo. Emociona confirmar las cualidades profesionales y humanas de un cronista  que nos hace partícipe de su propia historia. Que es la nuestra. La de miles de hinchas que, semana tras semana, preparamos trapos y gargantas para cantar, con la mayor potencia posible, la canción más sentida de nuestro repertorio futbolero.

 

CARLOS ALGERI

 


 

Autor: Daniel F. Console

 


 

Precio: $ 30 .-